enero 27, 2012

Una cabrita roja entre las piernas

Me gustaba más antes, cuando no me gustaba. Ahora la normalidad me acecha con sus gestos y me agarra los ojos con horqueta y cuero de animal doméstico. Una cabrita, por ejemplo. Una cabrita dentro de un patio con lavandas. Hay crueldades. Pero querer no es lo mismo que poder. Sobre la falta un territorio es alambrado. Hoy quiero llorar por un tomatito bebé. Y escucharme, entre tantos normales. Hay una suficiencia normal que me aplasta la emoción. Tanta normalidad acechando. Mierda. Me gustaba màs antes, cuando no me gustaba. Entonces decía forros del orto. Pero también los insultos se me andan normalizando. Demasiada normalidad. Hasta los suicidas se me catalogan en las listas, ordenados, imagenes prosaicas que agrupan objetos, que borran detalles con su dudosa ley de la economía de esfuerzo.  A mí me gusta como escribe Juan Carlos Moisés. Después las inteligencias, la araña que teje su artificio. Pero hay trampas que solo ven los ciegos. Decir qué oscuridad y que un lunar se ofenda parece demasiado. Igual me cuido como la niña de otros ojos porque en toda maldad está el espejo tendiéndote la mano propia. Los animales pequeños no tenemos amo, aunque a veces seamos cobardes, inútiles, sencillos. Pero mi esclavo qué dice cuando vuelve la sangre como hoy y se me desorbita el orden de los mundos. Una mujer sin padre sangra niñas sin hijos. El cuerpo entonces es una casa rodeada de vacío, con puertas que no sirven para abrir o cerrarlas sino para quedarse, ahicito nomás, quieta, insecta roja. El mundo de los normales a veces me parece adictivo, aunque esté siempre el trueno y la noche descosida. No es lo mismo no querer que no poder. Pero qué desea mi deseo hecho de huecos, de remaches, de telas comidas por polillas. Cuando lo necesario no es lo normal, la fantasía propia balbucea, no sabe qué lengua habla, no sabe si habla o se está ahogando. -Todos los culos son iguales - me dijo un amigo. Y tiene razón. Es muy inteligente lo que dijo porque dijo la luna, pero no la luna, Federico. Un hijo del culo. Pero que cuando diga yo, o ahora que lo digo, suceda una suspensión, un abismo en que la interrupción sea el sentido pleno y no la sombra de un relato. El mundo es un culo necesariamente. Ahora, y porque la sangre me vuelve todavía, soy de nuevo el cuerpo, la cuerpo soy. Sangro. Me nacen hojas secas. Llena de otoño ando, con los párpados solos y las tetas hinchadas. Me gustaba más antes, cuando me gustaba. Las multitudes son incómodas y crueles.