En estos días mi cuerpo se aleja del simulacro de la salud domesticada apenas a fuerza de inmunosupresores y esteroides, ese juego de sogas y poleas que me mueve las partes como a un muñeco huérfano de todo.
En este cuerpo que se maltrata a sí mismo, insecto que persiguen todos los venenos, en este cuerpo que se mata luchando por sobrevivir, no sé desear otra cosa que no sea el amor hasta el incendio.
Pero crece en sombra grave el fantasma de mi cuerpo arrastrado por un cuerpo que cierra los párpados con el peso de la muerte todavía atragantada entre cables y ahogos.
En la salud y en la enfermedad, el hombre no separe lo que Dios ha unido.
Y el amor, ese demonio santo que me empuja a seguir aún desde este cuerpo donde vivo en estos días, sin saber dónde termina el dolor y empieza el miedo.
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